I
Desde la pandemia, el profesor César Labastida Esqueda carga una herida difícil de cicatrizar. Biógrafos no autorizados de sus desventuras han ido exhibiendo (como a la pareja infiel viralizada en el concierto de Coldplay) el Vía Crucis laboral y docente que ha padecido en diversas instituciones escolares y educativas.
En un panfleto marginal, titulado sarcásticamente “Sobrevivir y burlar la muerte con educación”, los autores insolentes han documentado, casi con precisión mensual, el camino tormentoso y dolorido de César Labastida, a partir de la condena que representó el confinamiento en casa por el virus del COVID19 y en el que no se suspendieron las clases, implementando sin ninguna consideración aulas virtuales, donde se improvisaron didácticas y pedagogías surrealistas a distancia, sin que las autoridades se hicieran responsables de una verdadera capacitación.
En ese trayecto de la pandemia, nos enteramos de cómo una institución educativa de nivel superior enloqueció cuando la comunidad universitaria intentó mantener la comunicación y las actividades cotidianas por medios inusuales. “La cruel pedagogía del virus”, al decir de Boaventura De Sousa, develó las desafortunadas contradicciones de la cultura moderna hegemónica, en la que el capitalismo voraz desató sus terribles fauces.
El profesor Labastida sólo recuerda un espacio fructífero y marginal, donde el diálogo y el intercambio académico eran un oasis, después de las ruinas que dejó la pandemia en las instituciones educativas. El cubículo del docente más experimentado, en una de las universidades donde trabajaba César, fue el refugio en el que varios docentes compartían sus experiencias e impresiones luego del desastre del C0VID19. Conocido como “el hoyo negro”, allí se desarrollaban reuniones informales entre algunos maestros en tiempos y horarios informales. En ese ambiente académico, el maestro Labastida fue testigo de reflexiones sobre el ocaso de la escuela y las transformaciones de la educación y la cultura en el mundo capitalista occidental. Escuchó sobre educadores indisciplinados y profetas del desastre escolar: entendió a Iván Illich y su sociedad desescolarizada; comprendió argumentos de Everett Reimer y la muerte de la escuela; se apropió de los discursos de Paulo Freire en sus pedagogías de la esperanza, de la autonomía y de los oprimidos; descubrió la visión radical y desprofesionalizada de Gustavo Esteva y su propuesta por una educación comunitaria y de convivialidad; aprendió a sentipensar con Orlando Fals Borda; se sumergió en las propuestas decoloniales de Enrique Dussel, Ramón Grosfoguel, Walter Mignolo y Chaterine Walsh, entre otros... Finalmente, el profesor Labastida había aprendido y compartido diversas apreciaciones de lo que comentaban en el célebre “hoyo negro”, como el desgaste, la catástrofe y el ocaso de la escuela.
II
Más que enojado, César Labastida Esqueda está asombrado, no da crédito a lo que pueden llegar en diversas escuelas, algunos alumnos y alumnas en los tiempos pos/ posmodernos, de liviandad y liquidez actual.
Al entrar a la universidad, el profesor César ve su nombre escrito en uno de esos instrumentos de denuncia, que están de moda, llamados “tendederos”, donde se le acusa de favorecer a algunos estudiantes. Lo primero que no le queda claro es ¿en qué favorece a determinados estudiantes? Es tan corto el papel y tan largo el olvido.
Al regresar a casa e intentar entender un poco más esa situación tan desconcertante e inédita en su larguísima carrera docente, se le ocurre preguntar a una aplicación de Inteligencia Artificial sobre el significado de los “tendederos”. Ella responde:
“Un tendedero, en el contexto de denuncia, es una herramienta utilizada principalmente por mujeres para visibilizar situaciones de acoso, abuso o violencia sexual, exponiendo a los agresores en espacios públicos o redes sociales. Se trata de una forma de protesta que busca generar conciencia y presión social para que se tomen medidas contra los agresores y se haga justicia,”
César desencajado reflexiona que por fortuna no lo han acusado de eso. Pero profundizando se dice:
“Si es eso o cualquier otra cosa, ¿por qué no lo hacen formalmente ante una autoridad? ¿Cuál es el derecho de defensa o réplica que tengo ante alguna difamación? ¿El anonimato nos da derecho a acusar a cualquiera de cualquier cosa? ¿Cómo opera la espiral del silencio, ante este procedimiento? ¿A quién beneficia? ¿Es tan violento este procedimiento, como lo que intenta informar? ¿Cómo se puede revertir la mentira así expuesta, oculta en otras causas, que vulnera la reputación de un maestro? ¿Con miedo? ¿Con más silencio, aunque sean calumnias? ¿Con dejar la mentira colgada y sin argumentos, mucho tiempo a la vista de todos?”
Su desconcierto aumenta. Se pone a pensar en el contexto específico de esa institución y llega a varias conclusiones:
1.- Las condiciones generales de las universidades públicas en México se han degradado. Disminución y falta de presupuesto, corrupción, funcionarios públicos imcompetentes y despóticos; falta de compañerismo, individualismo, carencia de proyectos académicos construidos desde la base.
2.- Lo anterior acarrea condiciones laborales denigrantes, sin recursos para un trabajo digno.
3.- Es cierto –como lo expreso un compañero en una asamblea-, a lo anterior hay que sumarle trabajadores que no cumplen con su función; directores que creen que trabajar es seguir instrucciones del mando inmediato y hacerlas obedecer; maestros que no tienen, ya no digamos computadora y cañón, sino salones, marcadores, pizarrones o borrador.
4.- Eso va generando descontento y se genera una especie de movimiento que termina por apuntar y disparar para todos lados y que se paraliza tan luego llegan las vacaciones.
César piensa que en el caso concreto del desacertado “tendedero” habría muchas otras opciones, antes que la exhibición, sin pruebas o evidencias (el discurso de la institución claro que cala): desde el diálogo, la asamblea, hasta el caso legal; pero también observa que en el tendedero no están muchos de los que deberían estar y si, le parece curioso, que aparezcan los colegas con los que trabaja y hace equipo. ¿Se estará manipulando a los estudiantes? Se pregunta finalmente, César.
El profesor Labastida piensa que son válidas las formas de lucha, siempre y cuando se escuchen todas las partes; si el peor acusado de un delito tiene derecho a defenderse, ¿por qué no los profesores expuestos en un “tendedero”?
¿O será que la escuela ya colapsó y ni siquiera eso vale la pena? ¿No será que ya estamos deambulando como zombis entre las ruinas de la institución escolar?
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