Carlos Septién García, el periodista mexicano cuyo nombre lleva la escuela, aseguraba que la principal obligación del periodista es “dar voz a quien carece de ella”. La reportera Blanche Petrich ha hecho énfasis en voltear hacia el periodismo de García Márquez o Ryszard Kapuściński, por supuesto, no en la simpleza de hacer anotaciones en papel, no usar grabadora o escribir en máquina, sino en la atención por los detalles, la búsqueda de la verdad y una decidida vocación de hacer que los medios de información, citando nuevamente a Septién García, sean verdaderos “parlamentos diarios de los pueblos”.
Sin embargo, esto no nos lleva a olvidar, de ninguna manera, el hecho de que las tecnologías de la información están entre nosotros y las cosas son diferentes.
Hace algunos años ya, una socióloga conocida se quejaba de que los nuevos programas académicos le habían dejado sin clases en cierta universidad. “Los tecnócratas —se lamentaba—, siempre los tecnócratas. Ellos quieren acabar con la cultura”. Que la queja proviniera de ella no dejó de extrañarme pues, hasta hace muy poco, casi nadie hubiera calificado la sociología de actividad cultural. Lo que no es extraño es la queja. En realidad, la tecnología y la cultura tiene una larguísima historia de desconfianza y la actual pugna de los-que-sí-sabemos-leer contra los tecnócratas no es más que el capítulo más reciente.
El futuro del periodismo
Para lograr lo que los pilares del periodismo proponen, es necesario hacer énfasis en la educación. Ese énfasis debe ser en la investigación, más que en el uso de una u otra herramienta
Por un lado, tratar de convencer a las nuevas generaciones que el periodismo real es en esencia un trabajo de investigación no es tan sencillo como parece y, lamentablemente, este problema se da tanto en estudiantes o egresados.
¿Investigar por qué, si tenemos la posibilidad de entrevistas de banqueta, de declaraciones, de boletines? ¿Investigar para qué, si los medios no pagan, no les interesa, no tienen espacio para nuestros trabajos? ¿Pero por qué no, simplemente, usar ChatGPT o alguna otra IA? ¿Investigar? No, eso es algo que se hacía antes.
En principio, internet ofrece una reducción de costos para la publicación. Sin embargo, esta reducción se sobre todo significativa cuando se trata de un trabajo no profesional donde los aficionados hacen lo que pueden con sus propios medios.
Establecer una organización informativa en la red debiera contemplar gastos, tanto en el aspecto tecnológico como en el de formación y pago de los profesionales del periodismo.
Por otra parte, está el problema ético. Somos periodistas o no lo somos. Somos éticos, o no. Nadie te puede obligar, es una decisión.
Los llamados a la mesura, a la contención, a la autocensura deberían, al menos, producir suspicacias… o algo peor. No podemos negar que cualquier actividad, y sobre todo las que tienen influencia social, deben realizarse bajo criterios estrictos de servicio, que sus resultados deben ser acordes con lo que se espera de ello en términos de su función.
Tampoco negamos, no podríamos hacerlo, que el periodismo reviste una cualidad especial, una razón de ser particular en cuanto al poder de formación de opinión que tiene en la sociedad.
Censura y más censura
El problema de las censuras sea cual fuere la razón que aduzcan, estriba en que o son de observancia obligatoria o no lo son. En el segundo caso, no pasan de un mero catálogo de buenas intenciones sujeto al arbitrio del comunicador y los medios, de tal manera que los observaran quienes de toda manera lo hacen, y los ignorarán precisamente aquellos quienes más daño provocan.
Ahora, si se convierten en obligatorios, requeriríamos de un aparato que juzgara, vigilara y sancionara su aplicación. Y aquí, el peligro es mucho mayor. Recordemos que a lo largo de la historia los organismos encargados de sancionar la ética, la moral, la salud de la sociedad se han convertido en feroces censores, en sanguinarios verdugos.
Desde los comités puritanos de Salem a los de salud pública durante la revolución francesa; del macartismo a las purgas franquisras; de la autocensura de la prensa mexicana a Pol Poth, sin olvidar, claro, el integrismo islámico y el fundamentalismo de la derecha cristiana, el vigilante se convierte en censor que deviene, indefectiblemente, en verdugo.
Es fácil, comprensible incluso, que desde el poder se aduzcan razones de seguridad nacional, patriotismo, bien común, pero no es suficiente. Ya los emperadores romanos tenían a alguien que les susurrara el oído “recuerda que eres mortal”. Y ¿cómo hacer esa advertencia cuando existen cosas de las que no se puede hablar, temas que es mejor no abordar o excesos que es necesario señalar”.
Desde muchos ámbitos, que incluyen lo mismo la llamada sociedad civil que desde las iglesias, se recuerda al poder que en cualquier estado democrático es fundamental la capacidad de conocer y de opinar, de no estar de acuerdo y de exigir el respeto de los derechos humanos, y que eso no nos hace antipatriotas.
Compromiso ético
Que el periodismo está en crisis no es ninguna noticia nueva. Que los medios han abdicado, en muchos casos, de su función social para rendirse a los poderosos o, tal vez peor, son diseñados precisamente por eso, tampoco es una primicia. Se requiere hacer algo, claro está.
El comportamiento ético, por necesidad, es una función que proviene del interior del sujeto, no del exterior. No se puede imponer, aunque sí desarrollar o, incluso, enseñar.
Los códigos de ética de los medios, los defensores del lector y demás mecanismos similares deben evitar caer en que se establezcan por moda, por tendencia, que se conviertan en una especie de ISO que da un sello de legitimidad (dudosa, pero legitimidad al fin, a las cosas).
Creo, por otro lado, que la respuesta está en otro lado, en el lado de los lectores, de los espectadores. El pueblo necesita ejercer su poder de decisión, su poder de crítica, su poder de poner un hasta aquí a las acciones que lo dañan.
Es cierto que del lado de los medios se ha visto a la sociedad como un hatajo de brutos insensibles que comen cualquier basura que se les dé.
Pero tampoco desde el otro lado, desde el de los abanderados de las mejores causas, se olvida el paternalismo. Pareciera que todos creen que el pueblo requiere una mamá --o un gran hermano-- que como señorita de los años 50 cuide su honra y defienda su virginidad moral.
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