¿Jugaste a la escuelita cuando eras niño(a)? ¡Yo sí! ¡Y era la maestra! Pero como ser maestro no tiene una imagen exitosa ni al elegir carrera profesional ni al iniciar mi vida laboral escogí directamente este camino. Sin embargo, siempre admiré a mis buenos docentes que se mantenían actualizados y joviales; llegué a creer que los alumnos los mantenían con vitalidad y energía.
Los primeros años de mi carrera profesional en mercadotecnia trabajé de tiempo completo en un corporativo de una empresa de retail e impartía dos días a la semana clases de 7 a 8:30 a.m. lo cual era ¡Cansadísimo! Como podrán imaginar el que a dos amos sirve con alguno queda mal y ese fue mi caso. Me dije no vuelvo a dar clases.
Cuando estuve viviendo en Estados Unidos iba de oyente al College. Un día que acompañé a mi maestra a su oficina me dijo “¡Hoy no estuvo muy bien la clase!” para mí fue un ejercicio de reflexión valiente y empujado a la acción porque cada clase a la que asistí nos ponía a trabajar con personas diferentes y con estrategias didácticas distintas.
Al regresar a México fui docente de asignatura por trece años lo que me permitió conciliar mi rol de mamá y esposa con una actividad profesional. Cuando me asignaron la materia de Seminario de Tesis supe que requería estudiar el Doctorado y así fue como inicié mi carrera como profesora investigadora.
Para mí ser docente ha significado hacer frente a un gran miedo: el no saber ¡Ciertamente ese ha sido el hilo conductor de mi carrera profesional! Ese miedo me ha llevado a tomar diplomados, a capacitarme pedagógicamente, a actualizarme tecnológicamente, a retarme, a buscar una y otra manera para que los alumnos VIVAN EL CONOCIMIENTO.
Cada materia, cada grupo, cada alumno ha dejado tanto en mí y me ha enseñado tanto de mí, sobre todo me ha llevado a conocerme, a indagar mis acciones y reacciones y a cuestionarme como mi maestra del College qué puedo hacer diferente la siguiente clase. Y por supuesto también he hecho benchmarking de los mejores maestros que he tenido, de mis colegas y de los maestros de mis hijas.
Agradezco infinitamente a los maestros que han creído en mí. Hoy sé que para ello se requiere no sólo tener conocimientos sino también calidad humana, valores y vocación ¡Sí! ¡Ser docente por gusto! porque confieso que implica energía física, cognitiva, emocional y actitudinal. Agradezco también a mis queridos estudiantes porque en cada clase probablemente sin saberlo me han retroalimentado al finalizar la clase o incluso al pasar los años. La más reciente que recibí fue una exalumna de maestría escribió para saludarme y recordarme el permitir echar relajo. Hoy al escribir este texto caigo en cuenta de que requiero seguir aprendiendo de la niña de siete años que con alegría, ilusión y diversión, jugaba a ser la maestra de la escuelita.
PDF