I
Durante una gran parte de su vida César Labastida Esqueda, para saber que se proyectaba en el cine, recurría al periódico en la sección que se llamaba “Cartelera”, básicamente de cine y teatro; sin embargo, se podían ver otros espectáculos como el Circo Atayde hermanos, la luchas o hasta barras y horarios de los programas de televisión.
Ese mundo ya desapareció.
En el 2025, para saber qué se ofrece en el cine, teatro y otros espectáculos, César selecciona en el internet, una de las tres empresas que se dedican a proyectar cine y busca lo menos malo que se esté exhibiendo. Pero el proceso de designación no es tan simple: el sitio le señalará la ubicación de los complejos más cercanos al dispositivo y deberá colocar la ciudad, el rumbo (norte, sur, centro, etc.) y si prefiere una zona VIP o para seres normales. Si libra todo eso hasta el tráiler encontrará y podrá comprar los boletos, si tiene formas de pago digitales y más vale que lo haga, si no lo enviarán a la dulcería a comprar los boletos y a ver que se le antoja.
Labastida busca en internet porque las taquillas de los cines ya no están habitadas por seres humanos.
César piensa que para muchas personas eso es muy cómodo y que lo realizan desde su celular, compran los boletos y los combos de palomitas con refrescos. Todo el kit sólo interactuando con el dispositivo.
El preferiría desplegar el viejo periódico que compraba su padre, para ver que se exhibía en el cine e ir a una película y cine que le viniera en gana, en una oferta cinematográfica mucho más amplia de la que hay ahora.
II
Por azares del destino, el profesor César coordina un posgrado que, como muchos procesos académicos y administrativos durante la pandemia de Covid-19 (2020-2022), se volvieron digitales.
Ahora que imparte un curso en línea para América Latina y cuando ingresa al Zoom recuerda –no sin cierta resistencia─ esos dos años fatídicos frente al monitor de su computadora, hablándole a pantallas negras con nombres o fotografías, en las que suponía había alumnos atentos del otro lado. En fin, eso pensaba el maestro Labastida. Afortunadamente se regresó al salón de clases y, aunque nunca llegó una nueva normalidad que transformaría al mundo, por lo menos, la educación formal devolvió el cara a cara y las interacciones presenciales en espacio y tiempo.
Sin embargo, otros procesos institucionales se anclaron. Se quedaron como estigmas inalterables de la virtualidad y resisten a ser abolidos. Muchos procesos Administrativos de la universidad quedaron centralizados y concentrados en una plataforma digital, como si la pandemia no hubiera terminado, y como si el mundo virtual y tecnológico no tuviera errores, vacíos, ni contradicciones. Al profesor César Labastida, coordinador de un programa académico, le envían a su correo electrónico, desde las oficinas centrales, la Convocatoria para ingreso de estudiantes; que tiene que revisar y aprobar en horas, como si de eso dependiera la vida en el planeta. El profesor César Labastida, medio revisa el documento y antes de que el plazo (determinado por la plataforma) concluya, lo regresa vía correo electrónico.
Extrañamente, al coordinador del programa (y no la institución) le delegan la responsabilidad de difundir la convocatoria para que la vean los aspirantes. Así, comparte la información por correo electrónico con egresados, amigos y colegas de su campo de conocimiento. También utiliza sus redes sociales.
Después de estos procedimientos virtuales, viene lo verdaderamente difícil. Los candidatos que alcancen a ver, leer y aplicar para inscribirse al programa académico, vivirán algunas dificultades en el proceso de ingreso.
Sucede que los alumnos ya no llevan sus documentos físicos y oficiales, como lo hacían en los tiempos anteriores a la pandemia, de manera personal y presencial, sino que los tienen que ir digitalizando y subiendo a la incuestionable plataforma: Acta de nacimiento y Curp (actualizadas), Titulo original certificado, constancias, fotos, etc. Tendrán que subir 11 documentos tal y como lo marca la citada convocatoria. Con una precisión y exactitud dignas de la NASA, en tiempo y forma.
El infierno se descubre cuando al tener dudas o requerir aclaraciones, resulta que del otro lado de la aplicación no hay nadie que pueda responder a los problemas técnicos del proceso. Bueno, César Labastida supone que, si hay alguien del otro lado del monitor supervisando, no se sabe quién es. De lo que tiene certeza es que ese alguien (¿no será una IA programada maquiavélicamente?) sí se encarga de ir marcando con un semáforo en tres colores, si el documento es aceptado o rechazado: rojo, “no aceptado”; amarillo, “ya casi”; y verde, “aceptado”.
César no administra la plataforma (la desconfianza a docentes y académicos es legendaria), pero administra la inconformidad, dado que los candidatos a estudiantes lo buscan personalmente con dudas y problemas. Él, a veces no sabe cómo responder. Es difícil ser institucional en ese contexto. Muchos de los interesados por la oferta de posgrado, ya no siguen en el proceso por lo engorroso e inoperante del mismo.
El profesor César Labastida Esqueda, harto de estos problemas, busca por teléfono a alguien responsable en las oficinas centrales, para que le ayude a resolver los incontables problemas. Después de muchos días alguien contesta y responde al estilo de una grabadora (¿No será una IA perfectamente programada?):
─Eso está muy claro en la Convocatoria. Usted la aprobó y la plataforma es muy amigable.
─¡La plataforma no es Dios y este proceso nos está dejando sin alumnos! ─esclarece muy exaltado, un César irreconocible hasta para él mismo.
Y entonces, una IA críptica, desde las oficinas centrales, le responde con una sentencia que parafrasea al Jesucristo de los evangelios:
─Al César lo que es mundano, a Dios lo que es de la Plataforma Institucional.
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