La tradición oral en nuestro país, para bien y para mal, ha sido muy importante. Para bien, en tanto que en la vida pública hay esa costumbre de trasmitir la complejidad de los asuntos en conversaciones muy matizadas que permiten incursionar en los vericuetos de las grandes decisiones. Para mal, porque el negro sobre blanco de la vida pública es muy escaso. Todos tenemos derecho a conocer esa complejidad.
Federico Reyes Heroles, Orfandad.
I
El profesor César Labastida sabe que en las escuelas domina la cultura oral sobre la escrita o leída. Esto lo comenzó a vivir (aunque sin concientizar totalmente) desde que sus ilustres maestras de la primaria daban hermosas clases de historia, ciencias o español, con el poder seductor de su palabra y memoria. Paradas o sentadas en la silla de su escritorio hablaban, describían, platicaban, explicaban y no paraban de hablar, casi sin referir una fuente escrita. En realidad, ocurre lo mismo en casi todos los ámbitos sociales de este país: las personas prefieren escuchar la radio u oír la televisión, en lugar de leer el periódico. Es raro el que lee un contrato, instrucciones, convenio, convocatoria o documento completo. Las cosas que sabemos, casi todas son de oídas; primero en nuestras casas, luego en las calles y en las escuelas.
El profesor Alejandro Barrera, amigo y colega de Labastida, afirmaba categóricamente:
─Es un hecho indiscutible, los estudiantes de las licenciaturas en educación conocen a Piaget por tradición oral.
Tal vez, piensa César, el lenguaje oral ha sido el más potente medio para comunicarse en forma directa, entre los seres humanos. Sin embargo, también considera que la escritura ha permitido mantener en la memoria histórica leyendas, mitos, experiencias e ideas que se fraguaron al calor de los fonemas, cocinados con mucha sazón en los discursos hablados. Y como muestra de ese argumento, el profesor Labastida recuerda dos casos emblemáticos: el de Sócrates y el de Jesucristo. Ambos desarrollaron todo un pensamiento innovador sin esculpir en algún soporte físico, una sola palabra. Pero gracias a un Platón y a cuatro evangelistas, que documentaron por escrito la historia de estos dos hombres extraordinarios, se conocen sus portentosas vidas y visiones del mundo.
II
El profesor César Labastida observa que ahora sus alumnos leen y escriben mucho a través de mensajes en redes sociales y en teléfonos celulares. Parecería que eso, cree César, estaría fortaleciendo la cultura escrita, antes que la oral. Sin embargo, ha descubierto que hacen un uso limitado del lenguaje escrito en las redes sociales y los celulares: aparecen mensajes de presunción, chistes vanos, chismes, memes y violencia dirigida contra algo o alguien. No es una comunicación propiamente cultural o edificante, es una extraña distracción posmoderna.
Además, el profesor Labastida intuye que, por los modos modernos y digitales de escribir, el lenguaje se ha empobrecido y se contrae a una velocidad inversamente proporcional al universo. Aunque debe reconocer, en oposición a la imposible Biblioteca de Babel concebida por Borges, que de los veinticinco símbolos ortográficos que componían todos los libros, se han multiplicado con los expresivos emojis, que han expandido hasta un monstruoso infinito los significantes que definen la escritura.
III
Cada vez con más frecuencia, al profesor César le cuesta impartir clase con sus alumnos recientes de la universidad, no sólo por el escaso conocimiento que demuestran y que creen que se cubre con dispositivos conectados a internet o con la inteligencia artificial; además le desconcierta su distracción constante y su liviano sentido del humor.
Pero el factor que más padece César en las aulas, tiene que ver con la ausencia de lectura en sus estudiantes. Les envía libros, capítulos y artículos para cada clase o desde el principio del curso, cuando les manda el programa. Así no tienen que comprar o peregrinar por las bibliotecas. Sólo leer. A pesar de ello, no lo hacen, dan mil excusas o silencios cómplices cuando el profesor Labastida les pregunta sobre la lectura. No contestan o profieren respuestas con evasivas, sintiéndose ofendidos e intimidados.
El profesor Labastida les insiste contándoles su propia formación: cuando llegaba sin leer el texto al seminario en la licenciatura que estudió, no entendía nada y terminaba rezagándose en la comprensión de los contenidos. Cuando entendió la importancia de la alfabetización profesional que significaba la lectura de los textos disciplinarios; por lo que empezó a leer, antes de cada clase y a comprender lo que decían tanto el profesor como sus compañeros, Así fue consolidando un enfoque propio y profesional. Eso le cambió la vida. Leer y participar fueron el principio de su amor a la docencia, a la que se ha dedicado largo tiempo y desde donde ha asumido el desafío de hacer transitar a sus estudiantes de la oralidad a la lectura y escritura.
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