I
En su cotidianidad docente del siglo XXI, César Labastida Esqueda es una especie de antena parabólica que va recibiendo datos, informaciones, llamados, alertas y frecuencias de múltiples lados: periódicos, revistas y libros que lee; del radio, televisión, series y películas; música que escucha, frases de sus colegas y alumnos. A veces, cuando esos datos e ideas las considera dignas e importantes, las anota en cualquier parte (hojas en blanco, cuadernitos, cartoncitos, papelito, libros, notas, agendas, facturas, tarjetas de presentación ya en desuso, etc.); y aunque con frecuencia las pierde, quedan en ese espacio aleatorio del azar.
El profesor Labastida, hoy, se encontró una frase, en la bolsa de un saco a punto de enviar a la tintorería, que aparecía sin ninguna referencia ni contexto:
“El pánico paraliza; el miedo salva”,
De la recepción casual de la frase, César pasó al memorioso ordenador –como suelen llamarle los españoles-. Su mente como la de un Terminator comenzó a funcionar aceleradamente, primero a tratar de ubicar la frase, el tiempo y de donde le llegó. No supo. Pero comenzó a pensar: ¿de qué lo salvaron sus miedos escolares?
II
Por más que se esforzaba no recordaba ninguna respuesta. César Labastida, estudiante de secundaria, estaba en el examen del segundo periodo de Biología II. César, totalmente en blanco, nervioso y con la conciencia de haber reprobado el examen del periodo anterior, no podía permitirse llegar al extraordinario de esa asignatura. Así fue como comenzó a experimentar angustia y lo invadió el miedo… El miedo legendario del estudiante frente al examen.
César Labastida sabía que Omar, su compañero desordenado de un lado, tampoco sabía mucho de fanerógamas y sus órganos de reproducción. Pero, también sabía que Omar Jacob era quien mejor hacia “acordeones”; además de dos virtudes extras: saber ocultarlos y compartirlos eficazmente.
César susurró hacia su compañero:
—Omar, dame el concepto de fanerógama. Con eso la libro.
Omar sin voltear la vista en César, dejó caer un cartón pequeño que escondía bajo el examen y dio con el pie un pase lateral hacia la banca de César. El corazón de Labastida empezó a latir cada vez más fuerte y de nuevo sin opción, lo recogió con dedos temblorosos. Y entonces se oyó una voz estremecedora que dejó congelado a todos los alumnos de la clase.
—¿Qué hace usted por el suelo joven César? A ver, déjeme ver ese cartoncito…
III
Años antes de ese hecho aterrador, César ya había experimentado el miedo en una escuela y se lo había causado un niño al que apodaban El Cubano: muy morenito y de poca estatura como el propio César. Por esa condición, ambos de “peso mosca” en el argot boxístico, el grupo entero los orillaba a que se dieran un tiro. El niño Labastida tenía miedo. El cubano lo sabía, por eso le pateaba la mochila y lo encaraba un día sí y otro también. César rehuía, tratando de que el grupo no se diera cuenta.
Un día, iniciando el recreo, el pequeño Labastida se dirigió al baño. Al entrar, escuchó a su espalda el cerrojo de la puerta y un coro de aproximadamente diez infames alumnos que gritaban:
—¡Cubano, cubano , cubano!
Efectivamente, El Cubano, sin suéter ni camisa escolar, inflando pechos y antebrazos se encaminaba hacia César con la guardia de boxeo. César sintió miedo en el momento en que El cubano le tiró la primera patada y su corazón pulsó aceleradamente; en la segunda patada, César, por instinto de sobrevivencia, tomó la pierna del agresor con una mano y con la otra le propinó un seco golpe en la mandíbula. Del dolor, El cubano se volteó. Labastida, todavía con el ritmo cardíaco enardecido, aprovechó para tomarlo del cuello y le dió dos golpes en la cara. El Cubano gimoteó:
─A’i muere, a’i muere…
El coro guardó silencio y César salió del baño, aún con el alma en un vilo, pero con la certeza de que sus miedos disminuirían paulatinamente.