Durante todo mi sexto de primaria, una sombra de temor me acompañaba cada día: el pánico a que mi propio cuerpo me delatara con una mancha roja en el impecable blanco de mi uniforme. No era solo el miedo a la mancha en sí, sino a lo que ella traería consigo: las miradas burlonas, los murmullos crueles y la dolorosa exclusión de los juegos que alegraban los recreos. Era la terrorífica posibilidad de convertirme en el blanco de las risas y, peor aún, en la extraña, en la señalada.
Hasta que un lunes, el temor que había habitado por tanto tiempo en mis pesadillas se hizo realidad. Al levantarme del asiento, un calor húmedo me alertó de la tragedia. Un rojo oscuro y vergonzante, intenso como una culpa, se expandía sobre la tela de mi falda, desafiando la inocencia del algodón blanco. El mundo, de repente, se detuvo para mí, mientras un frío me recorría la espalda.
Las primeras risas llegaron como cuchillos, cortantes y despiadadas. No eran carcajadas abiertas, sino ese sonido cruel y contenido que duele más que un grito. Mis ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente. Cada risa era un alfilerazo, cada mirada un juicio que confirmaba mi mayor miedo: en ese momento, dejé de ser una niña más para convertirme en un espectáculo. Y allí, en medio del salón, mi falda y el llanto, una parte de mi infancia se quebró para siempre.