I
Darse cuenta de que la discusión termina reduciéndose a un “es que eso no es arte porque no lo hacen artistas”, o argumentos parecidos, nos remite de inmediato a escenas de clasismo, de colonialismo. El arte popular para muchos es artesanía, cosa de pueblitos, de indígenas, algo que se aprende por ahí, en las calles, en los ranchos.
Se nos va enseñando en las escuelas, en el cine, en los medios cibernéticos, que el arte es cosa de artistas, de gente acá, pensante, rara, que habla extraño, de preferencias en otros idiomas y exhibe en lugares exquisitos o toca en salas de concierto carísimas.
Si defiendes que el arte popular es arte en toda la extensión del concepto que ya obsesionaba a los griegos que tanta flojera les da estudiar a algunas de mis alumnas, que el arte es búsqueda de la belleza y, por tanto, de la verdad, entiendes que el arte popular es una forma legítima de arte porque expresa valores estéticos propios de culturas específicas y, sobre todo, porque en su búsqueda de la verdad articula experiencias sociales que a menudo se marginalizan.
II
Por supuesto, todo ello va a generar crítica política, lo van a ver feo o escuchar naco los exquisitos porque desafía las convenciones del canon académico y elitista del arte occidental al que muchos terminamos rindiendo culto y reverencia en esta Latinoamérica que los neocoloniales aseguran que ni existe, que nadie conquistó y que es una ilusión de resentidos.
Si revisamos las definiciones académicas tradicionales de arte veremos que privilegian criterios como la institucionalización, la historia del arte o la costumbre; así, la música clásica es “mejor” porque es clásica, lo que lleva la tautología a niveles interesantes de sofisticación.
Al usar esos criterios, tenemos el fenómeno más o menos reciente de redes sociales de criticar con criterios misóginos, colonialistas y racistas (profe, ¿puedo decir criterios estúpidos?) el canto haylli en kichwa (quechua) de las mujeres de la Sierra de Ecuador, en el que grupos de mujeres exaltan valores comunitarios, sociales o culturales de esos pueblos, pero que al oído occidentalizado les parecen chillidos discordantes.
III
Porque el arte popular lo es porque no existe una definición única, esencialista, del arte, sino que se trata de un concepto que surge de múltiples criterios que comparten comunidades o públicos. Así, podemos decir que el arte popular son todas las expresiones artísticas que pertenecen al pueblo tanto como productor, como receptor y que se distinguen por su arraigo sociocultural y simbólico. O sea, que es arte porque es búsqueda de belleza y verdad.
A veces, la crítica se centra en que el arte popular a veces se usa, en forma de trajes típicos, bailes comunitarios, canción comprometida, pero debemos tomar en cuenta que ese arte utiliza símbolos, iconografías y prácticas que no son meramente ornamentales, sino que constituyen un lenguaje complejo y significativo; son muestras de identidad, de sentido comunitario, de memoria.
Por eso, si volteamos a ver la Guelaguetza oficial de Oaxaca, en el lugar designado por el gobierno, con trajes sancionados por organizadores, vemos solo un cascarón que es un eco, apenas, del significado de bailes y fiestas en comunidades más pequeñas. No necesariamente es que esté mal, es que eso es un producto comercial. Lo mismo ocurre con las tiendas del FONART, donde los artículos pierden, desde mi punto de vista, su esencia artística y se convierten en meros objetos de folklor.
IV
Porque, para acabarla, sabemos que sin contexto, un mensaje se tergiversa o se vuelve ininteligible, por lo que el arte popular conlleva implicaciones estéticas profundas que no pueden entenderse necesariamente con criterios del canon colonizador, sino que son un sistema de significados culturalmente situado.
Muchas veces, en la historia de Latinoamérica, y seguramente de otros pueblos del mundo, el arte popular va adquiriendo una intencionalidad nueva, poderosa. Desde el nacionalismo revolucionario del muralismo revolucionario mexicano, que surge del pueblo, hasta la música de concierto de Silvestre Revueltas que busca despertar el orgullo de ser mexicano.
En el periodo posrevolucionario surgió en México en Taller de la Gráfica Popular, que utilizaba el arte surgido del pueblo y realizado por artesanos expertos, explícitamente como herramienta social y política. Así, carteles y grabados se produjeron como material de apoyo a movimientos proletarios y anticoloniales. En Chile ocurriría algo similar con la Unidad Popular derrocada por el imperialismo estadounidense.
Muchas veces, la academia y la crítica han realizado grandes esfuerzos por marginar el arte popular. Que si no es arte-arte, que apenas artesanía; que si es horrible o no se entiende; que si cómo va a ser música si no se anota; que si es vulgar, chillón o kitsch.
Para terminar, en esta discusión nos damos cuenta de que no solo es que la tradición estética prefiera unos valores, sino que en lo que enfatiza es la distinción social, el “nosotros sobre el ellos (o esos)”.
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