Este texto nace como una alegoría sobre la motivación entendida no como estímulo externo, sino como fuerza interior. A través de un diálogo simbólico, el cuento busca recordar que educar no es llenar de luz un espacio oscuro, sino ayudar a descubrir la luz que siempre ha estado allí.
En el mundo de las ideas reinaba la oscuridad, el miedo se había apoderado de los pensamientos; no había luz, no había color, todo era angustia, dolor, desespero. Nadie se atrevía a pensar y menos a hablar. Un aire frío y tenebroso flotaba sin rumbo, llevando las ideas de un lado a otro, como si no supieran a dónde ir, divagaba sin sentido. En un rincón del lúgubre mundo imaginario como olvidada por el tiempo estaba ella. Triste, opaca, sin esperanza de salir. Nadie la buscaba, nadie la entendía. Se encontraba sola y se lamentaba de no comprender por qué existía. Sabía que respiraba, sabía que vivía, pero a veces prefería morir. Estaba condenada a la inmensidad de lo que llamaban mundo, un mundo sin forma, oscuro y tenebroso, sin tonos ni matices, opaco como la soledad. Se preguntaba para qué existía, cuál era su función en aquella oscuridad. Nadie respondía. Cabizbaja, meditaba en silencio, esperando respuestas.
Entonces el silencio se rompió. Una presencia avanzaba lentamente. Sus pasos resonaban como truenos en los rincones de aquel espacio solitario. Sonreía, como quien se atreve a cruzar lo desconocido. Se acercó a ella y, con voz firme, preguntó:
—Motivación, ¿qué haces ahí sentada, llorando y lamentándote por tu suerte?
Ella intentó disculparse, habló con voz quebrada como si las palabras no quisieran salir por temor a ser juzgadas, pero fue interrumpida…
—Nada de excusas. Hay que levantarse. La luz no vendrá sola si no la buscas. Tu fuerza está en tu interior y debes sacarla. Solo así comprenderás este mundo de oscuridad que te rodea.
La tomó de la mano.
—Ven, yo te ayudaré. Viajaremos al tiempo. Conoceremos un lugar donde hay niños, aquellos que escuchas a menudo pero aún no comprendes.
—Oigo ruidos —respondió ella—, pero no los entiendo. Percibo desánimo, no hay aliento para luchar.
—Solo tú puedes darles el sentido que necesitan para vivir. De lo contrario, no encontrarán fuerzas para seguir.
—¿Cómo se llama ese lugar? —preguntó.
—Se llama escuela. Allí te invocan siempre: los que enseñan, los que aprenden y los que acompañan a los niños.
—¿Y esas voces que les dicen qué deben hacer?
—En el mundo de las ideas se llaman sociedad. Son quienes indican el lugar que deben ocupar para existir.
—Entonces… ¿si no hay escuela ni niños, no habrá sociedad?
—Tú lo has dicho. Por eso te necesito. Con tus impulsos y actitudes puedes ayudar a que estos niños encuentren el sentido de aprender y vivir.
De pronto todo comenzó a iluminarse.
—¿Por qué ocurre esto? —preguntó ella.
—No es que el mundo se ilumine —respondió la voz—, es que estás abriendo tu mente al servicio. La luz nunca se fue; eras tú quien no la veía.
—Ahora escucho con claridad —dijo—. Los niños se lamentan, no quieren estudiar, no se sienten escuchados. Sus padres, la sociedad, incluso los profesores los hieren.
—Usa tu pensamiento —le dijo—. Es la fuerza más poderosa que existe. Concéntrate y habla con tu propia lengua.
—Pero ellos no pueden escucharme…
—Claro que sí. Estás dentro de cada uno. Eres la voz interior que los invita a hacerlo mejor.
—¿Y si fracaso?
—Aquí el fracaso no existe. Solo hay experiencias por mejorar. Cuando la duda aparezca, sigue tus instintos.
Ella miró a su alrededor.
—Lo que antes no tenía forma… ahora la tiene.
—Siempre la tuvo —respondió la voz—. Este es el mundo: capacidades, ideas, ganas de vivir, sueños y anhelos.
—Ahora entiendo…
—Aún no te he dicho tu nombre —dijo la voz, tomando forma humana: mayor en presencia, joven en creatividad—. Tú te llamas Motivación. Cuando no te encuentres afuera, búscate dentro de cada ser humano. Allí habita tu esencia.
Sonrió.
—Ah, y mi nombre es Abraham Maslow.
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